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Lore
Guanteletes Hoja de la Apostasía
Lo que se forja en el mundo de la espada se vuelve real.
Cuando oye hablar de Eris, Mara piensa en Saturno. Recuerda la desintegración, molécula a molécula, la espada del propósito de Oryx y el trono que la separó de su vida mortal mejor que cualquier escuadra. Recuerda el dolor de la rendición, anhelar que todo terminara y, contra todos sus instintos, permitirlo.
El viaje a través del mar de los aullidos y el refugio que a duras penas alcanzó.
Y sus consecuencias: Eleusinia sigue supurando. Mara apenas es consciente de su presencia, su tercer trono, el más auténtico. Su ubicación lo vincula con la Ciudad Onírica, en ese mismo bucle palpitante y febril. Fragmentado, atormentado por la enfermedad, sin verdadera capacidad de sanar.
Las ruinas de algo brillante, como algunos pensarían de Eris.
Este pensamiento hace que Mara vuelva al comienzo. Los primeros brotes tras las heladas, la delicadeza de la esperanza. Fíjate en Eris, en lo que ha conseguido, escalando desde lo más profundo del foso. Mara no llorará por ella rindiéndose, puesto que eso no honraría su memoria. Actuar honra; empezar a trepar, aunque antes haya que reptar.
A veces, como ahora mismo, Mara imagina un futuro en el que sus técnidas y ella regresan al corazón de la Ciudad Onírica. No espera un milagro, que se construya de nuevo y sea perfecta. No, cuando Mara se permite pensar en ella, tiene en cuenta el lento trabajo que conlleva su formación, el florete de reina y el cincel, lo que significa empezar de nuevo. Coser la costura deshilada; unir la piedra rota.
Quiere que le salgan callos en las manos de trabajar. Algún día, cuando pueda, cuando lo haga, el nombre de Eris Morn se cincelará en los muros.
El cielo siempre puede volver a encontrarse.