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Guantes Adaptador de AIÓN
"Le canté una canción de la Gran Corriente. No se acordaba de la letra, pero la entendía". (Azeryks, Renacido del Invierno)
Levaszk, mi amigo, nos ha traído a un mundo verde. Él lo llama el verde del exilio. Nuestras capas rasgadas y la pintura descascarillada eran una profecía. Estaba escrito en nuestro destino.
Levaszk tiene el don de la oratoria. Puede convencer a quien sea de cualquier cosa, incluso a los humanos. Se sienta en una alfombra tejida por manos humanas y canta a sus diin sobre la gravedad local y las reacciones químicas. Los sirvientes escuchan y cantan a contrapunto mientras calculan el éter de enormes cúmulos de moho mucilaginoso.
Nuestro nuevo hogar es más cálido y húmedo que la Luna. La garganta no se reseca tanto al inhalar el éter. Está bien, salvo por el miedo al moho que crece en el revestimiento de los respiradores; salvo cuando la humedad de mi caparazón hace que me duelan los brazos inferiores con el recuerdo de Venus.
Rhys, el aprendiz simbionte humano, me canta otra pregunta. Yo vuelvo a subir los hombros bajo mi capa a modo de disculpa.
"Tu gente y tú os encargáis del mantenimiento de sistemas muy antiguos", me repite. "¿Cómo…?", aquí canta una nota que no entiendo y se percata de mi confusión. "Lo nuevo y lo viejo. Chatarra, basura, óxido. Metal nuevo. ¿Todo junto?".
"Estamos acostumbrados a construir con chatarra", le canto como respuesta, y debatimos sobre el reciclaje de los materiales. Aquí, en Kepler, también saben reparar con chatarra.
La luz se apaga en el cielo y su maestra simbionte se acerca. "Karrh-nahan", saludo con cortesía. Ella sonríe con sus carnosas mejillas. "Athareks", me responde, esta vez con bastante buena pronunciación. Rhys tiene suerte; a ninguno de los dos nos cuesta pronunciar su nombre.
Los humanos no temen que una mano extraña los golpee. Incluso con cuchillas robadas en mis cuatro brazos, se acercarían a mí solo para preguntarme por la composición y la maleabilidad del metal. No se mueven por miedo ni escasez de recursos, sino por curiosidad. Nosotros, pobres exiliados, intentamos aprender de ellos.
Pero ellos tienen sus propias costumbres, y es hora de su ritual vespertino. Carnahan pide a Rhys que se levante.
Los dos, el joven aprendiz simbionte y el viejo exiliado, asentimos.
Ya habrá tiempo para solucionar los problemas de la ciencia de los materiales.