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Lore
Peaje de Caronte
Acepta la eterna división.
El Nómada se recostó en la silla y colocó los pies sobre una consola cercana. Meneaba el dedo gordo del pie a través de un agujero del calcetín.
"Entonces, ¿es un recuerdo vivo… de un tipo muerto?", recapituló el Nómada.
"Un dios muerto", le corrigió Eris mientras rebuscaba entre los montones de basura que inundaban el suelo del Desahucio, la nave del Nómada. Tuvo que apartar porciones de comida rancia, piezas de colibríes y restos de munición. "Aurash, el rey del osmio, Señor de las Formas y primer navegante de la colmena".
Eris levantó un trozo mohoso de hipérico glacial y, con gesto de asco, arrugó la nariz. "Has dicho que tenías un gusano de la colmena calcificado en esta fosa séptica. ¿Dónde está?".
"Tiene que estar por aquí", le aseguró el Nómada. "Si te relajas un poco, seguro que aparece enseguida. Pensaba que una ocultista de tu calibre se las arreglaría mejor".
Eris ignoró sus burlas y, al apartar otro montón de desechos con el pie, escuchó un leve graznido y crujidos. Eris apretó los labios con un evidente gesto de irritación.
"En cualquier caso", continuó el Nómada, "mientras Oryx se paseaba por ahí poseyendo avariciosamente a todo quisqui, sus recuerdos se quedaron almacenados en la Oscuridad".
"Se entrelazaron con el tejido de nuestra metaconsciencia compartida", explicó Eris.
"¡Eso es lo que he dicho!", exclamó el portaluz rebelde. "Luego, cuando murió el Testigo, los recuerdos de Oryx se combinaron con la Luz… para crear el Eco".
"Sí, suena casi correcto del todo", le consintió Eris.
Al tirar de un estandarte manchado de éter para apartarlo, vio una estatuilla de piedra de una criatura parecida a un pez rollizo. La levantó hacia la luz para poder examinarla mejor.
"Esto es. Venga, vámonos antes de que me infecte de algo más pernicioso que tu compañía".
"Eso no existe", rio el Nómada. "Hazme caso".