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Lore
Yelmo Hoja de la Apostasía
Hay un cuchillo para ti.
Dejarse poseer es rendirse. Sloane aún lo oye, el estribillo que tanto la atormentó en las profundidades de Titán. Poseer. Vivir. Y, de fondo, más silenciosamente, algo que se revuelve. Una proposición susurrada. Hay un cuchillo…
Esa parte es nueva y preocupa a Sloane. Su vínculo con Ahsa la aísla, la protege. No pueden reclamarla por la fuerza, pero eso no retrata la propia voluntad de Sloane. No existe ningún material que, con el tiempo, no pueda desgastarse. Los océanos, ya sean de metano o de agua, convierten la roca en arena.
Cualquier concesión es un acto de rendición.
Sloane suprime toda noción de esa perturbadora propuesta. No se arriesgará a caer en la tentación. Lo sabrá perfectamente; dónde termina ella, dónde comienza la posesión. No cabe duda alguna.
Mientras medita, piensa en Eris, que bajó al foso y volvió cambiada. Eris, la diosa de la venganza de la colmena. ¿Es esa la descripción correcta de Eris? ¿Acaso va Eris diciendo que es mitad colmena, mitad Eris Morn, y que ambas personas nunca se encontrarán?
No, es imposible. O esa nueva diosa de la colmena, cuya carne se transformó en quitina, habría sido otra persona.
Sloane imagina qué ocurriría si ella hiciera lo mismo. Si cogiera un cuchillo lacerante y dijera que es ella, Sloane, quien empuña el cuchillo —Sloane es el cuchillo. Es afilada, más afilada aún y ardiente gracias a la llama estéril de los poseídos—.
No es lo mismo. Sloane lo sabe en su interior, lo nota en sus huesos. Una vez alzado el cuchillo, no será capaz de envainarlo. No es como Eris ni como la colmena. Lo que se posee nunca se devuelve.
No pueden ser iguales.